EL MINISTERIO DE PABLO (Parte 3)

SER TRANSFORMADOS  PARA EL EDIFICIO DE DIOS
Lectura bíblica: Ro. 12:2; 2 Co. 3:17-18

La Biblia revela claramente que el propósito de Dios es forjarse a Sí mismo en el hombre a fin de ser su vida y ser expresado por él. Fue con este propósito que Dios hizo al hombre a Su imagen, lo cual hace posible que el hombre exprese a Dios. El hombre también fue creado con un espíritu a fin de poder recibir a “Dios el Espíritu” en su ser. Pero, como sabemos, el hombre cayó en el pecado.

Fue entonces, que Dios vino como hombre, vivió en la tierra por treinta y tres años y medio, y al final de
su existencia humana, fue crucificado y murió en la cruz por el pecado del hombre. Por medio de esa muerte, Él también destruyó a Satanás y puso fin a la vieja creación. Después de haber permanecido tres días en la tumba, entró en la resurrección. Al resucitar, Él introdujo la humanidad en la divinidad, elevando así a la humanidad caída. Esta humanidad elevada está ahora en Él en resurrección. Al mismo tiempo, se hizo el Espíritu vivificante, capaz y listo para entrar en todo aquel que cree en Él.

Cada vez que alguien crea en el Señor Jesús donde quiera que se encuentre, este Espíritu vivificante, entrará en dicha persona y regenerará su espíritu. El Espíritu divino viene a morar en el espíritu del creyente y se hace uno con él. Así pues, este creyente no sólo ha sido salvo, redimido y regenerado, sino que además posee la vida y la naturaleza de Dios. Más aún, él se ha unido al Señor y es un solo espíritu con Él (1 Co. 6:17). Ahora, todo lo que le queda por hacer es vivir a Cristo, es decir, llevar una vida en la que él es un solo espíritu con el Señor.
DIOS ES REEMPLAZADO
Al caer en el pecado, el hombre perdió a Dios. Debido a que el hombre se alejó de Dios, ciertas cosas llegaron a reemplazar a Dios en la vida del hombre. Con el tiempo, Dios fue reemplazado en el hombre caído por las siguientes cosas.

El conocimiento del bien y del mal
El hombre adquirió el conocimiento del bien y del mal, y comenzó a diferenciar entre lo bueno y lo malo. El hombre se esforzó por hacer el bien y rechazar el mal. Si bien esto no significa que él haya tenido éxito en esto, ciertamente él adquirió esta clase de conocimiento y procura escoger el bien y rechazar el mal.

La cultura
La cultura es un desarrollo del conocimiento del bien y del mal. Si bien existen muchas y distintas culturas, tales como la cultura egipcia, la babilónica, la judaica, la griega, la romana, la europea, la estadounidense, la china, la japonesa, la hindú, etc., todas ellas promueven lo que es bueno y denuncian lo que es malo. Todo ser humano, de cualquier pueblo o cultura, desea hacer lo que es bueno y rechazar lo que es malo; pues esto es lo que sus respectivas culturas les ha enseñado.

La filosofía
La filosofía es un desarrollo aun más avanzado de la cultura. Si bien representa una etapa más avanzada en comparación con la cultura en general, en principio es el mismo, pues ensalza el bien y condena el mal.

La ética del hombre
La ética promueve la moralidad. Entre las numerosas enseñanzas morales producidas por los hombres, las de Confucio pertenecen a la categoría más elevada. Los preceptos éticos animan a los hombres a conducirse conforme a ciertos principios de conducta. Estos principios también se basan en el conocimiento del bien y del mal.

La religión
La religión es superior a la ética y a la filosofía, así como también a la cultura humana y a la ciencia del bien y del mal, debido a que introduce a Dios. La religión recurre a Dios en busca de ayuda; promueve la adoración a Dios y le pide Su ayuda para hacer el bien y rechazar el mal. Sin embargo, no abandona la filosofía ni la cultura, sino que más bien adopta los aspectos positivos de la cultura e incorpora en su estructura las enseñanzas éticas.

Estas cinco cosas —la ciencia del bien y del mal, la cultura, la filosofía, la ética y la religión— constituyen los factores que controlan la humanidad caída. No importa donde hayamos nacido ni cómo hayamos sido criados, estas cinco cosas han determinado nuestra formación. Independientemente de dónde procedamos, ya sea del Occidente o del Oriente, seamos de esta o aquella raza; desde nuestra niñez se nos enseñó la ciencia del bien y del mal. Podría parecernos que nuestra cultura difiere grandemente de las otras, pero se trata de diferencias superficiales. A todos se nos ha enseñado cómo honrar a nuestros padres, ser honestos, amar a otros y cosas semejantes. Éste es nuestro común patrimonio cultural, independientemente de la educación que hayamos recibido, ya sea en Europa, en Asia o en África. Lo mismo sucede con la filosofía y la ética. Si bien las diferentes filosofías y enseñanzas éticas pueden haberse originado en partes muy distintas del mundo, en esencia todas ellas están interesadas por promover el bien y rechazar el mal. En principio, todas ellas son iguales.

Existen tres religiones principales, a saber: el judaísmo, el islamismo y el catolicismo. El islamismo, la religión musulmana, está estrechamente relacionada con el judaísmo. De hecho, el Corán, el libro sagrado del islamismo, tiene muchas partes que son muy similares al Antiguo Testamento y algunas al Nuevo. En el cristianismo, el catolicismo se ha convertido en una religión. El judaísmo, el islamismo y el catolicismo tienen su origen en la Biblia; y todas ellas adoran al mismo Dios.
En la India se practica el budismo, pero no lo consideramos como una religión porque Buda no era un dios. Los chinos siguen las enseñanzas éticas de Confucio, las cuales por sí mismas tampoco conforman una religión.

Todas las religiones utilizan a Dios con el propósito de promover y enaltecer la cultura, mejorar el conocimiento que tiene la gente del bien y del mal, fortalecer su filosofía, y capacitarlos a llevar una vida en conformidad con las enseñanzas éticas.

Esta es la situación en la que nacimos y en la que fuimos criados. Se nos ha enseñado a vivir conforme al conocimiento del bien y del mal, y nos conducimos según nuestra cultura. Además nos hallamos bajo la influencia de la filosofía y nos esforzamos por atenernos a las enseñanzas éticas. Más aún, somos regidos y guiados por la educación religiosa que hemos recibido.

Antes de ser salvo, tal vez usted se comportaba de manera irresponsable y pecaminosa. Pero después de ser salvo, se arrepintió y se lamentó de su pasado. Ahora usted se esfuerza por no hacer el mal, y no sólo le pide a Dios que le ayude a no pecar más y a no ofender a los demás, sino que le fortalezca a fin de llevar una vida recta. Su deseo es andar siempre en la presencia de Dios.

Como resultado de nuestro pasado y de nuestra experiencia cristiana adoptamos cierto estilo de vida. La manera como vivimos es para hacer el bien, esforzándonos por andar en la presencia de Dios y por glorificarle. Queridos santos, ¡ésta es la manera incorrecta de vivir! Este estilo de vida representa el engaño sutil de Satanás; pues, en realidad, el deseo de Dios no consiste en que llevemos una vida recta ni que seamos personas religiosas. Su propósito con respecto a nosotros no es hacer de nosotros personas buenas ni malas. Tanto el bien como el mal están completamente fuera de Su propósito.

Entonces, ¿cuál es el propósito de Dios? Su propósito consiste en entrar en nosotros y ser nuestra vida de tal manera que llega a ser uno con nosotros y nos hace uno con Él a fin de que le vivamos. ¡Debemos vivir a Dios y no vivir conforme a lo que es bueno! Dios no busca hombres buenos, sino a hombres que deseen expresarlo a Él. Dios quiere ser nuestra vida y nuestra naturaleza; Él desea que seamos Su expresión. A Él no le satisface el hecho de que expresemos lo que es bueno; tampoco quiere que expresemos lo que es malo. Debemos expresar únicamente a Dios, y en esto consiste Su propósito.

Para llevar a cabo lo que se había propuesto, Dios mismo se hizo hombre. Él pasó por el proceso de la encarnación, la existencia humana y la crucifixión. Después al resucitar llegó a ser el Espíritu vivificante. Mediante la encarnación Él entró en el hombre y mediante la resurrección Él introdujo al hombre en Sí mismo.

Ahora Él está en nosotros, y nosotros estamos en Él. Ya no debemos vivir más conforme a la ciencia del bien y del mal, ni ser regidos por nuestra cultura. Toda filosofía está bajo nuestros pies; las enseñanzas éticas debemos descartarlas, (la ética que nos enseña el Espíritu Santo es superior a la de los hombres) y la religión ya no es para nosotros; ya no necesitamos estas cosas. En su lugar, ¡poseemos el Espíritu, quien es la consumación máxima del Dios Triuno!

Cuando dejamos esas cosas en las cuales fuimos criados y educados, todo lo que nos queda es este Espíritu todo-inclusivo. Tanto la religión, los preceptos éticos del hombre, la filosofía, la cultura así como la ciencia del bien y del mal se han desvanecido; y ahora, lo único que queda es el Dios vivo, a quien conocemos como el Espíritu. Él es el Espíritu que mora en nuestro espíritu. En vez de practicar simplemente el permanecer en la presencia de Dios, nos ejercitamos en la práctica de ser un solo espíritu con el Señor. Cuando nosotros vivimos, Él vive, y cuando Él vive, nosotros vivimos. Nosotros y Él somos uno.
LA TRANSFORMACIÓN
Sin embargo, no debemos olvidarnos de que somos seres tripartitos. Es verdaderamente maravilloso que el Espíritu está en nuestro espíritu, pero también tenemos alma y cuerpo. Nuestro espíritu es la parte central de nuestro ser, mientras que nuestro cuerpo es la circunferencia; y entre estas dos está nuestra alma. Nuestra alma conforma una gran parte de nuestro ser, o sea, lo que somos. Si bien el Dios Triuno está en nuestro espíritu, es posible que nuestra alma tenga muy poco de Cristo. Es posible que nuestra alma esté ocupada solo por el yo. Aun mientras decimos: “¡Alabado sea el Señor que el Espíritu está en mi espíritu!”, nuestra mente, que es la mayor parte de nuestra alma, sigue completamente llena del yo. Nuestra parte emotiva, que también forma parte del alma, sigue completamente llena del yo; y nuestra voluntad, la tercera parte de nuestra alma, permanece intocable.

Nuestro espíritu ha sido regenerado, pero nuestra alma sigue siendo vieja y no ha cambiado. Necesitamos ser transformados. Romanos 12:2 dice: “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.”.

Conformarnos  a este siglo equivale a ser modernos, y este deseo de ser modernos tiene su origen en nuestra alma. Supongamos que está mirando los anuncios de los periódicos, y las últimas modas despiertan cierto interés en usted. Se siente atraído por ciertos estilos, y en su mente calcula cuánto dinero puede gastar por lo que ha visto. Finalmente, toma la decisión de ir a la tienda para comprarlo.

Si esto es lo que practica comúnmente, usted se ha amoldado a este siglo. ¡No se amolde a este siglo! Amoldarnos a este siglo es obtener aquellas cosas que satisfacen nuestra alma. A nuestra alma le gustan las modas y sus colores, pero jamás se satisface.

“...Transformaos por medio de la renovación de vuestra mente”. La renovación de la mente nos da a entender que la transformación transcurre en el alma, debido a que nuestra mente es la parte predominante de la misma. A fin de que nuestra alma sea transformada, es preciso que seamos primero renovados en nuestra mente. Conformar y transformar son dos palabras distintas. La conformación no requiere que nada nuevo sea añadido a nuestro ser interior, pues es algo externo. La transformación, al contrario, requiere que un nuevo elemento sea añadido internamente a nosotros.

La conformación tiene que ver principalmente con la apariencia de la persona. Hace casi quince años, hubo muchos jóvenes que fueron atraídos por el movimiento “hippy” que surgió en California. No les fue difícil convertirse en “hippies”, pues todo lo que tuvieron que hacer era, ¡dejarse crecer el cabello y dejar de bañarse! No fue necesario añadirles ningún elemento especial a estos jóvenes. Fueron conformados por el simple hecho de adaptarse a ese estilo de vida. Fue una influencia que llego a ellos desde afuera.

La transformación, no consiste en adaptarse externamente. Supongamos que una persona está muy pálida; lo que necesita es ser transformada. La solución a su problema no está en que se maquille, sino en que coma regularmente alimentos nutritivos. Después de digerir estos alimentos y haberlos asimilado en su sangre, los elementos nutritivos llegaran a formar parte de sus células. Estos nuevos elementos gradualmente harán que su palidez se desvanezca y la persona adquiera un color saludable. Su ser habrá cambiado a raíz de haberse alimentado debidamente. Todo lo viejo habrá sido eliminado y reemplazado por los nuevos elementos. Este no es un simple maquillaje externo en su piel; más bien, es un cambio de color que ha sido producido internamente. Así es la transformación.
¿Qué elemento es el que produce un cambio interior? Este elemento es Cristo, el Dios Triuno, el Espíritu todo-inclusivo. Al comienzo, este Espíritu todo-inclusivo se halla confinado en nuestro espíritu, pues no tiene acceso a nuestra mente, parte emotiva y voluntad. Si no le permitimos que se extienda de nuestro espíritu a nuestra alma, nuestro espíritu se convertirá en una prisión para Él. Por eso necesitamos la enseñanza de la transformación por medio de la renovación de nuestras mentes. El Espíritu quiere extenderse a nuestra alma, a fin de añadir el nuevo elemento divino a nuestro ser y así reemplazar nuestro yo. Cuando este nuevo elemento, que reemplaza al viejo elemento, es añadido a nuestra alma, se producirá un cambio en nuestra mente, en nuestra parte emotiva y en nuestra voluntad.

De todos los libros que conforman la Biblia, solo los escritos de Pablo hablan de la transformación. Una parte del ministerio completador trata de nuestra necesidad de ser transformados. Este cambio que se produce en nuestro ser interior se debe a que el elemento divino ha sido añadido a nosotros a fin de reemplazar nuestro yo.

LA MANERA EN QUE SOMOS TRANSFORMADOS

“Y el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad. Mas, nosotros todos, a cara descubierta mirando y reflejando como un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Señor Espíritu” (2 Co. 3:17-18).

¿A qué libertad se está refiriendo aquí? A la libertad que gozamos una vez que somos libertados del conocimiento del bien y del mal, de la cultura, de la filosofía, de las enseñanzas éticas y de la religión. Donde está el Espíritu del Señor, allí dejamos de estar atados por estas cosas. En los tiempos de Pablo, aún había muchos creyentes que seguían siendo esclavos de la ley, por lo cual necesitaban ser libertados de la ley y de la religión judía. En nuestros días, los creyentes necesitan ser libertados de las enseñanzas de humanismo, nueva era, etc. que cada día reciben por medio de los medios de difusión. Todos nosotros necesitamos ser libertados de la religión; todos nosotros debemos despojarnos de nuestro bagaje cultural, intelectual y religioso. No debe haber en nosotros nada que provenga de nuestro antiguo conocimiento del bien y del mal, de nuestra vieja cultura, filosofía, enseñanzas éticas o de la religión.

El versículo 18 dice que somos como espejos que a cara descubierta reflejamos la gloria del Señor. Todos estos velos nos fueron quitados. Tenemos que quitar estas cinco capas de velos ya que si aun queda un solo velo en nosotros, éste afectará nuestra visión. No podremos ver las cosas que se mencionan en la Biblia, pese a que están allí. Es por esto que muchos cristianos no ven mas allá de las palabras escritas cuando leen la Biblia. Sus ojos están velados por estas cinco capas.

Todos los velos tienen que ser quitados. Entonces nosotros, a cara descubierta, como un espejo que mira y refleja al Señor, seremos transformados. La manera de ser transformados es quitar el velo del conocimiento del bien y del mal, el velo de la cultura, el de la filosofía, el de las enseñanzas éticas y el de la religión. De esta manera, podremos mirar al Señor a cara descubierta y podremos dejar que Él resplandezca en nuestro ser.

EL PROPÓSITO DE LA TRANSFORMACIÓN
La transformación tiene como fin el edificio de Dios. Si no somos transformados, Dios no podrá obtener un edificio para Sí. Pese que hemos sido regenerados en nuestro espíritu, será imposible que los creyentes sean edificados y sean uno, si nuestra alma está llena del yo. ¿Qué cosa es el yo? La opinión es la expresión del yo. Siempre cuando estemos llenos de diferentes opiniones, no podremos ser uno.
Sin embargo, si le permitimos al Espíritu extenderse de nuestro espíritu a nuestra alma, todas nuestras opiniones se desvanecerán una tras otra. A medida que todos seamos transformados, llegaremos a ser uno. Poco a poco, al ser transformados, todos nosotros seremos libertados de nuestras opiniones y llegaremos a ser uno, no solamente en nuestro espíritu, sino también en nuestra alma. Esta unidad es la edificación, la cual es el propósito de la transformación.

CRECEMOS EN VIDA MEDIANTE  LA TRANSFORMACIÓN DE NUESTRA ALMA A FIN DE EDIFICAR EL CUERPO
Lectura bíblica: 2 Co. 3:18; Ro. 12:2; Fil. 2:2; 1 Co. 3:6-12; Ef. 4:12-16

Los versículos antes mencionados abordan principalmente lo que concierne a la vida y su resultado, que es la edificación. De hecho, esto constituye el tema de todo el Nuevo Testamento. Esta vida es simplemente el Dios Triuno, quien después de haber pasado por un largo proceso, fue hecho el Espíritu de vida; como tal, Él es vida para nosotros. La edificación es la iglesia, el Cuerpo de Cristo, el cual proviene de la vida divina. Es decir, la iglesia es el fruto de la vida divina, cuya consumación es la Nueva Jerusalén.

El Nuevo Testamento nos dice que después de recibir tal vida, ésta crece en nosotros, nos satura, nos transforma y nos edifica juntos a fin de ser la morada de Dios. En la era actual, la morada de Dios es la iglesia; en la era eterna, Su morada será la Nueva Jerusalén. El hecho de que Dios sea vida para nosotros resulta en la morada de Dios. A medida que Su vida va creciendo en nosotros, somos transformados, y esta transformación tiene como propósito edificar la morada de Dios. Pese a que el crecimiento, la transformación y la edificación constituyen los puntos sobresalientes del Nuevo Testamento, ellos han sido descuidados en gran parte por la mayoría de los cristianos, quienes centran su atención en puntos secundarios.

LA TRANSFORMACIÓN
La transformación sigue a la regeneración. Nuestra vida espiritual comienza con la regeneración. Cuando creímos en el Señor Jesús e invocamos Su nombre, Él como Espíritu vivificante entró en nuestro espíritu y lo regeneró. Desde entonces, el Dios Triuno mora en nuestro espíritu, de tal modo que, en el espíritu, somos uno con Él.

Ahora es necesario que Él se propague de nuestro espíritu a nuestra alma; y una vez que Él, el Espíritu vivificante, se haya propagado a nuestra alma y la sature habremos sido transformados. Por tanto, la transformación es la saturación de nuestra alma que efectúa el Dios Triuno. En la regeneración, nacemos en nuestro espíritu; en la transformación, somos saturados en nuestra alma.

La transformación es un cambio metabólico. En el Nuevo Testamento, a este cambio, aplicado a nuestra alma, se le llama transformación (2 Co. 3:18; Ro. 12:2). La aplicación de cosméticos produce un cambio en apariencia, mas no un cambio metabólico, pues es algo meramente externo. Pero tener una cara sonrosada gracias a una mejora en la dieta es algo que resulta de un proceso metabólico. Los nuevos elementos son asimilados orgánicamente en el cuerpo y reemplazan lo viejo. La transformación es un cambio en vida y no meramente un cambio en apariencia. El elemento divino es añadido a nuestro ser, y esto elimina el viejo elemento humano. Este cambio orgánico se produce en nuestra alma.

Por tanto, es necesario que seamos regenerados en nuestro espíritu y transformados en nuestra alma. Los santos en todas las iglesias locales deberían interesarse en este cambio metabólico en vida que es llevado a cabo por el Espíritu divino que se propaga en nuestro ser.

LA DIFERENCIA ENTRE EL ALMA Y EL ESPÍRITU
Antes de proseguir, quisiera asegurarme que todos nosotros diferenciemos claramente nuestra alma de nuestro espíritu. En el centro de nuestro ser está nuestro espíritu, y alrededor de éste tenemos nuestra alma. Y el cuerpo es la parte exterior. Podemos ilustrar esto de la siguiente manera.

Las Escrituras enseñan claramente que el hombre es un ser tripartito (1 Ts. 5:23).  1 Tesalonicenses 5:23 Pablo hace mención de “vuestro espíritu y vuestra alma y vuestro cuerpo”. Si el espíritu y el alma fuesen una misma cosa, Pablo de seguro no habría usado tal conjunción. El hecho de que hemos nacido del Espíritu en nuestro espíritu es sólo el comienzo. Si bien fuimos regenerados en nuestro espíritu, nuestra alma sigue vacía. Por ello, el Espíritu divino que mora en nuestro espíritu quiere propagarse a nuestra alma, o sea, a nuestra mente, parte emotiva y voluntad. Él quiere saturar nuestras partes internas.

EL CRECIMIENTO EN VIDA
¿Qué significaba crecer en vida?  La Biblia recalca nuestra necesidad de crecer en vida, o sea, que la vida divina crezca en nosotros. El verdadero crecimiento en vida consiste en la transformación del alma.

En la parábola de las diez vírgenes (Mt. 25: 1-13), el Señor Jesús hace mención de sus lámparas y sus vasijas. Tanto las prudentes como las insensatas tenían aceite en sus lámparas (véase v. 8), pero solo las prudentes tomaron aceite en sus vasijas. Dos porciones de aceite eran necesarias, una para la lámpara y otra para la vasija. Proverbios 20:27 dice: “Lámpara de Jehová es el espíritu del hombre”. Las lámparas de las vírgenes se refieren al espíritu humano. Romanos 9:21 y 23 nos dicen que nuestro ser es un vaso de Dios, lo cual quiere decir que nuestra alma es un vaso, una vasija. Todos los que son salvos tienen aceite en sus lámparas, es decir, todos tenemos al Espíritu en nuestro espíritu. Sin embargo, tener o no tener una porción extra de aceite en nuestro vaso, o sea, en nuestra alma, es otra cuestión. Mientras que las vírgenes prudentes tomaron aceite en sus vasijas, las insensatas no lo tomaron.

Por tanto, el que seamos vírgenes insensatas o prudentes no dependerá de nuestro espíritu sino de nuestra alma. Fuimos regenerados en nuestro espíritu; no obstante, ¿hemos sido saturados por el Espíritu en nuestra alma? ¿Tenemos una porción extra de aceite en nuestro vaso? Esto es algo que debemos considerar seriamente. Ahora que hemos sido regenerados, tenemos que ser transformados; o sea que debemos crecer en la vida divina. Crecer es aumentar. La vida que mora en nuestro espíritu tiene que extenderse a nuestra alma hasta que ésta sea saturada. De lo contrario, nuestra alma seguirá siendo natural y vieja. Cuando los elementos nuevos del Espíritu divino entran a nuestra alma, es transformada orgánicamente. Esta transformación es el crecimiento en vida.

Son muchos los cristianos que prácticamente no tienen crecimiento en vida. Esto se debe a que no le han dado al Espíritu que mora en ellos la oportunidad de extenderse a su alma y saturarla.

UNA LABRANZA Y UN EDIFICIO
¿En dónde nos dice la Biblia que la transformación y el crecimiento en vida son una misma cosa? En 1 Corintios 3:6-13 dice: “Yo planté Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios. 7 Así que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento.  8 Y el que planta y el que riega son una misma cosa; aunque cada uno recibirá su recompensa conforme a su labor. 9 Porque nosotros somos colaboradores de Dios, y vosotros sois labranza de Dios, edificio de Dios. 10 Conforme a la gracia de Dios que me ha sido dada, yo como perito arquitecto puse el fundamento, y otro edifica encima; pero cada uno mire cómo sobreedifica. 11 Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo. 12 Y si sobre este fundamento alguno edificare oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, hojarasca, 13 la obra de cada uno se hará manifiesta; porque el día la declarará, pues por el fuego será revelada; y la obra de cada uno cuál sea, el fuego la probará. “

Pablo dice que somos labranza de Dios, edificio de Dios; y estamos aquí para que Cristo sea cultivado. Pablo plantó, Apolos regó, pero el crecimiento lo ha dado Dios. Todas estas expresiones pertenecen al asunto del crecimiento. ¿De qué manera es el crecimiento igual a la transformación? También somos un edificio de oro, plata y piedras preciosas.

Al comienzo somos como plantas que crecen en la labranza de Dios, mas el resultado final es que somos transformados en oro, plata, y piedras preciosas. ¿No es esto acaso transformación? ¡Estas plantas débiles han sido transformadas hasta convertirse en materiales muy sólidos! Sin embargo, también se nos advirtió que sería posible que el resultado sea madera, hierba y hojarasca, algo que es apropiado solo para ser quemado. No obstante, podemos ser transformados en otra categoría, o sea, en oro, plata y piedras preciosas.

Supongamos que tenemos tres hermanos jóvenes que recientemente entraron en la vida de iglesia. Podríamos considerarlos como plantas: el primero es un árbol pequeño, el segundo es un arbusto y el tercero es una flor delicada. Ellos tres crecen en la labranza de Dios, la iglesia. ¡Miren qué frágiles son! No soportan que se les trate rudamente. Sin embargo, aunque estas personas son como plantas tiernas, ellos están creciendo. El Señor espera que un día el árbol pequeño cambie a oro, el arbusto a plata y la flor a piedra preciosa.

Hoy esta flor, este arbusto y este árbol pequeño nos parecen hermosos. Pero supongamos que después de tres años ellos siguen siendo iguales, pues no crecieron ni tampoco fueron transformados. Por muy hermosos que sean, no serán aptos para ser materiales de edificación. ¿Podemos construir una casa con flores? ¿Puede un árbol pequeño servirnos como dintel de una puerta? ¿Puede un arbusto formar parte de una pared? Tal edificio no existiría. Ellos tampoco servirán de material de edificación para la Nueva Jerusalén. La Nueva Jerusalén es hecha de oro, con muros de piedras preciosas y puertas de perlas. ¡El edificio de Dios no se edifica con flores y arbustos delicados ni tampoco con árboles tiernos!
Estos tres hermanos necesitan tener un cambio. Ellos necesitan tener una transformación orgánica y metabólica. No nos gustaría que después de tres años esta persona siga siendo una flor delicada, la cual es preciosa a la vista, pero inútil para la edificación. Deseamos que ella sea una piedra preciosa, aun cuando ello signifique perder los hermosos capullos; también deseamos ver que el arbusto se convierta, tal vez, en una perla dura y transparente, y el arbolito también necesita ser transformado, a lo mejor, en oro puro como vidrio.

Amados santos, ¿se contentarían con ser arbolitos, arbustos y flores? O ¿anhelan ser piedras preciosas? ¿Qué tienen en “la labranza” aquí en nuestra amada Iglesia? Yo creo que aquí hay una gran variedad de cultivos: hay plantas, así como también hay oro, plata y piedras preciosas.

Esta labranza, la cual es también un edificio, es un ejemplo que nos muestra cómo el Espíritu que mora en nosotros se propaga de nuestro espíritu a nuestra alma a fin de saturarla, para que así seamos transformados.

LA UNIDAD
Cuando nos reunimos para llevar a cabo la vida de iglesia, alabamos al Señor por habernos regenerado y por el Espíritu que mora en nuestro espíritu. Sin embargo, surgen problemas en nuestra alma debido a que estamos llenos de opiniones y conceptos. Supongamos que se reúnen cinco santos de distintos países, ¿podrán ser edificados juntos? Cuando oran, cantan himnos, invocan al Señor y exclaman “aleluyas”, se deleitan en ser uno en el espíritu. Sin embargo, cuando se acaba la oración y comienzan a conversar, se olvidan de su espíritu. De inmediato, surge la opinión francesa, la opinión americana, la alemana, la china y la japonesa. Cuando cierran los ojos en oración, ellos son uno. Pero cuando abren sus ojos y se miran el uno al otro, viajan de su espíritu a su alma. No sólo hay diferencias de opiniones entre las distintas nacionalidades, sino incluso en un mismo país también las hay. Por ejemplo, de los Estados Unidos, podrían los hermanos de Texas ser uno con los hermanos de California? ¿Podrían los de California ser uno con los de Nueva York? Ni siquiera las parejas pueden ser uno, ya que el punto de vista masculino difiere del femenino.

¿Cómo podemos resolver estas diferencias? Es imposible lograrlo mediante nuestro propio esfuerzo; más bien tenemos que permitirle al Espíritu que mora en nosotros que se propague en toda nuestra alma hasta saturarla. Así, espontáneamente seremos uno; seremos unidos en el alma (Fil. 2:2). El Espíritu que se propaga hará que nuestros conceptos se desvanezcan, y de esta manera creceremos en vida. Es en virtud de este crecimiento en vida que obtenemos la unidad y somos edificados junto con todos los santos.

Su alma aún no ha sido transformada. Usted aún vive en su alma, la cual permanece vieja y natural, y esto es un impedimento para el nuevo hombre. ¿Está usted dispuesto a permitirle al Espíritu que mora en usted que sature toda su alma hasta que sea orgánicamente transformada? ¿Está dispuesto a darle al Espíritu toda la libertad de impregnar, no sólo su espíritu, sino también toda su alma? Si el Espíritu lo hiciera, dondequiera que vaya, ya sea a Ghana o a las Filipinas o a Brasil, usted no tendría ningún problema, pues la base de su opinión habrá sido destruida. Con su alma saturada por el Espíritu que mora en su ser, usted será uno con el nuevo hombre; será edificado en el Cuerpo. Cualquier localidad que visite, cualquier persona que usted encuentre, no habrá problemas por causa de usted.

LA META Y CÓMO LLEGAMOS A ELLA
Efesios 4:12-16 nos dice que la edificación del Cuerpo de Cristo depende de nuestro crecimiento en vida: “A fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del Cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del pleno conocimiento del Hijo de Dios, a un hombre de plena madurez, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo; para que ya no seamos niños [...] sino que [...] crezcamos en todo en aquel que es la Cabeza, Cristo, de quien todo el Cuerpo, bien unido y entrelazado por todas las coyunturas del rico suministro y por la función de cada miembro en su medida, causa el crecimiento del Cuerpo para la edificación de sí mismo en amor”.
Crecer “en todo en aquel que es la Cabeza” se produce cuando nuestra alma es saturada por el Espíritu. A fin de que el Señor obtenga el nuevo hombre es imprescindible que haya “el crecimiento del Cuerpo”. Ésta es la meta que el Señor busca. Cuando Su Cuerpo sea edificado, Él tendrá el nuevo hombre en la tierra para llevar a cabo el propósito eterno de Dios. Seamos aquellos que oren para que esta meta se haga realidad y ofrezcámonos al Señor para esto: “Señor, propágate desde mi espíritu a toda mi alma, hasta saturarla. Transfórmame de manera metabólica. Quiero que se produzca un cambio orgánico en mí”. Después de un tiempo, seremos transformados por el crecimiento en vida. Entonces seremos edificados en el Cuerpo y seremos miembros del nuevo hombre. Ésta es la meta que el Señor busca. Que seamos uno con nuestro Señor para ir en pos de lo que Él busca.

DIOS ES NUESTRO CONTENIDO
Lectura bíblica: Col. 1:25-27; Ro. 9:23-24; 2 Co. 4:7; 
Ef. 3:19b; 4:6; Fil. 2:14; He. 13:20-21; 1 Ti. 3:16

COMPLETAR LA PALABRA DE DIOS
Muy pocos cristianos conocen el ministerio completador de Pablo. Esta expresión el ministerio completador está basada en Colosenses 1:25, en el cual Pablo nos dice que a él se le fue encomendado “completar la palabra de Dios”. Sin los escritos de Pablo la revelación de Dios no estaría completa. Si se omitiera de la Biblia las catorce Epístolas de Pablo, desde Romanos hasta Hebreos, sin duda, la Biblia seguiría siendo un libro maravilloso. ¡Miren cuán maravilloso es Génesis y cuán grandioso es el libro de Éxodo!

EL MISTERIO DE DIOS

Noten los dos versículos que siguen a Colosenses 1:25 en cuanto a completar la palabra de Dios: “El misterio que había estado oculto desde los siglos y desde las generaciones, pero que ahora ha sido manifestado a Sus santos, a quienes Dios quiso dar a conocer las riquezas de la gloria de este misterio entre los gentiles; que es Cristo en vosotros, la esperanza de gloria” (vs. 26-27). En cuanto a la gramática, la expresión el misterio está en aposición con la frase para completar la palabra de Dios. Completar la palabra de Dios es el misterio, y este misterio, que había estado oculto, pero que ahora ha sido manifestado, es “Cristo en vosotros, la esperanza de gloria”.

Ahora se preguntarán “¿no nos habla Mateo acerca de la persona de Cristo? Y, ¿no es Cristo también el tema de los otros cuatro Evangelios? No hay duda alguna de que todos los libros que conforman el Nuevo Testamento hablan de Cristo. Sin embargo, ninguno de ellos, a excepción de los de Pablo, nos declara que Cristo es el misterio de Dios. En Mateo se nos habla del misterio del reino de Dios, pero no nos dice que Cristo es misterio de Dios. Al respecto, Marcos y Lucas tampoco hacen mención de ello. Incluso en el Evangelio de Juan, no se encuentra la palabra misterio, aunque sí ocurre en su Apocalipsis; no obstante, Juan no lo menciona tan claramente como lo hizo Pablo en sus epístolas. Pablo es el único que usa la palabra misterio refiriéndose a Cristo y Su Cuerpo.

EL ORIGEN Y EL RESULTADO DE ESTE MISTERIO
Cristo es un misterio. ¿Cuál es la fuente de Cristo como misterio? Ciertamente es Dios. Tanto los judíos como los musulmanes afirman conocer a Dios; ambos comparten cierta semejanza en cuanto a su origen, ya que la fe de ellos está basada en el Antiguo Testamento (El Corán, la Biblia musulmana, es en gran parte una imitación del Antiguo Testamento con algunos cambios). El Dios en el que creen los judíos y los musulmanes es el Dios del Antiguo Testamento. Sin embargo, nuestro Dios en el Nuevo Testamento es el Dios en Cristo y por medio de Cristo. Ser cristiano significa entrar en Cristo y por medio de Él entrar en Dios. Dios está corporificado en este Cristo; en Él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad (Col. 2:9). Todo el ser de Dios se halla corporificado en Cristo. Por ejemplo, mi cuerpo es la corporificación de mi ser; si alguien desea encontrarme, deberá hallarme en este cuerpo. Igualmente, nuestro Cristo es la corporificación de Dios. Todo aquel que tenga un Dios aparte de Cristo, será como un judío o un musulmán. Así pues, Dios es la fuente de este misterio.

¿Cuál es el resultado de este misterio? Este misterio procede de Dios y tiene como resultado la iglesia, la cual incluye a todos los creyentes de Cristo. ¡En todo el universo este es el misterio! Y sin tal palabra, la Biblia no estaría completa. Esta compleción de la Palabra es este gran misterio: Cristo es el misterio de Dios, y la iglesia es el misterio de Cristo; estos dos conforman el misterio de los siglos. Esto se nos es revelado en el ministerio completador de Pablo.


DIOS DESEA TENER UN VASO QUE LO CONTENGA
Al referirse a Dios, sin duda Pablo nos dice que Dios es el Creador (Ro. 1:25), y esto ya lo sabemos por el Antiguo Testamento; no obstante, éste no es el tema principal de Pablo. Leamos Romanos 9:23-24: “¿Para dar a conocer las riquezas de Su gloria sobre los vasos de misericordia, que Él preparó de antemano para gloria, a saber, nosotros, a los cuales también ha llamado, no sólo de entre los judíos, sino también de entre los gentiles?”. Aquí se nos llama vasos. Dios nos ha escogido a fin de ser vasos Suyos, vasos de misericordia para gloria. Esto deja implícito y también nos indica que Dios quiere ser nuestro contenido; Dios desea obtener un envase para Sí mismo.

El hombre es un vaso. En primer lugar, nuestro cuerpo es un vaso, ya que diariamente lo llenamos de alimentos, agua y aire. Día tras día comemos, bebemos y respiramos. Probablemente comemos tres veces al día, sin contar además con las meriendas entre comidas; bebemos aún más y respiramos incesantemente. No importa lo que hagamos, no dejamos de respirar; ya que si lo hacemos, nos graduaríamos de vivir. Al comer, beber y respirar somos llenados; por tanto, nuestro hombre exterior es un vaso.

EL HOMBRE ES UN VASO PARA CONTENER A DIOS
Nuestro hombre interior es también un vaso. Dios nos creó como vaso para contenerle a Él. En 2 Corintios 4:7 Pablo nos dice: “Tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros”, y basados en los versículos 5 y 6 sabemos que este tesoro es Dios en Cristo, que se sembró a Sí mismo en nosotros los vasos de barro. Si bien estamos familiarizados con estos versículos, no vivimos como aquellos que tienen a Dios como su contenido.

El concepto de que somos vasos cuya finalidad es tener a Dios como su contenido, rara vez se cruza por nuestra mente. En lugar de ello, el concepto que con frecuencia ocupa nuestra mente es el que debemos comportarnos apropiadamente, con cortesía, humildad y sin ofender a los demás. Así pues, diariamente nos lamentamos por no haber sido más obedientes a nuestros padres, más amigables con nuestros compañeros de clase y más bondadosos con nuestra hermana o hermano. Es posible incluso que tengamos el concepto de que debemos ser personas más espirituales, y nos propongamos levantarnos más temprano para tener el avivamiento matutino o dedicarle más tiempo a la lectura de la Biblia; estamos acostumbrados a tener tales pensamientos. Pero ¿acaso se nos viene a la mente la idea de que somos vasos cuyo principal propósito es contener a Dios? ¿Tenemos tales pensamientos? Es posible que obedezcamos a nuestros padres y amemos a nuestra hermana, pero no tenemos a Dios como nuestro contenido. Si es así, somos como una caja vacía que procura agradar a los demás, pero sin Dios. Así pues, no son solamente los incrédulos los que han tomado la senda equivocada; no solamente la mayoría de los cristianos se han desviado de esto, sino incluso nosotros mismos,  nos encontramos en el camino errado. Cada vez que pensemos en amar a los demás o ser personas bondadosas sin estar conscientes de que fuimos hechos para contener a Dios, habremos también errado el blanco. Tenemos que aprender a olvidarnos de todas estas consideraciones en cuanto a nuestra conducta y preocuparnos únicamente por ser llenos de Dios.

En la Biblia a Dios se le representa como alimento, agua y aire. Debemos alimentarnos de Dios y ser llenos de Él de la misma manera que participamos de los alimentos que comemos, el agua que bebemos y el aire que respiramos. No sólo fuimos creados por Dios, sino que también fuimos escogidos por Él a fin de ser vasos de misericordia. Además, no sólo somos vasos de misericordia, sino también vasos preparados para gloria. De los veintisiete libros que componen el Nuevo Testamento, los escritos de Pablo son los únicos que nos transmiten este concepto de que somos vasos para contener a Dios.

SOMOS LLENOS HASTA LA MEDIDA DE TODA LA PLENITUD DE DIOS
Efesios 4:6 dice: “Un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos”. El Padre no sólo es sobre todos y por todos, sino que también es en todos. La preposición en no sólo implica que Dios está con nosotros, sino que Él también está dentro de nosotros. Más aún, como lo ha dicho Pablo en otro versículo, Dios hace Su hogar en nuestro ser; de hecho, la versión al idioma chino de este versículo se vale de una frase que significa que Dios mora en nosotros.

Efesios 3:19b dice: “Para que seáis llenos hasta la medida de toda la plenitud de Dios”. Ser lleno hasta la medida de toda la plenitud de Dios significa que somos llenos de todo lo que Dios es. Esta plenitud habita en Cristo (Col. 1:19; 2:9). Al morar Cristo en nosotros, Él nos imparte en nuestro ser la plenitud de Dios, lo cual hace que seamos la expresión de Dios. Por tanto, la plenitud de Dios implica que todas las riquezas de lo que Dios es han llegado a ser Su expresión. Cuando estas riquezas se hallan en Él, son Sus riquezas; pero, cuando son expresadas, ellas llegan a ser Su plenitud. Todo lo que Dios es debe ser nuestro contenido. Y nosotros debemos ser llenos de Él de tal manera que llegamos a ser Su plenitud, Su expresión.

Llegar a ser la plenitud de Dios no tiene nada que ver con ser personas amables y humildes, está en una categoría completamente distinta. En estos últimos tres años, me he arrepentido en numerosos ocasiones por haber sido externamente irreprensible, mas sin estar lleno del Señor. Oré diciéndole al Señor: “Señor, perdóname. Te he fallado hoy. Disfruté la compañía de ese hermano, mas yo no estaba lleno de Ti. Amé a algunos hermanos sin estar lleno de Ti. Ayude a la iglesia, mas sin estar lleno de Ti. Si bien mi comunión con los ancianos les ayudó, yo no estaba lleno de Ti. Perdóname por todo aquello que hice, por muy bueno que haya sido, sin tenerte a Ti como mi contenido”. Todos debemos percatarnos de la diferencia que existe entre ser una buena persona y ser una persona llena del Señor.

DIOS ES EL QUE EN NOSOTROS REALIZA EL QUERER COMO EL HACER
“Porque Dios es el que en vosotros realiza así el querer como el hacer, por Su beneplácito” (Fil. 2:13). Según este versículo ¿qué es lo que Dios realiza en nosotros? ¿Nos dice acaso que Dios nos inspira desde los cielos a tener tanto el querer como el hacer? ¿Es el Dios todopoderoso que desde Su trono nos alcanza para estimularnos? No. Más bien dice, Dios es el que realiza en nosotros tanto el querer como el hacer. La palabra griega traducida “realiza” carece de un equivalente exacto en español, aunque “vigorizar” viene de tal palabra y, en cierto sentido, transmite ese significado; sin embargo, el pensamiento de este versículo consiste en que Dios se está moviendo, actuando, trabajando, frotándonos, dentro de nosotros. Nuestro Dios es alguien que trabaja incesantemente en nosotros. No debiéramos pensar de Él como alguien que está en un trono muy lejano a nosotros, sino como alguien que está dentro de nosotros y que constantemente nos toca, se mueve, nos frota y nos molesta.

El siguiente versículo dice: “Haced todo sin murmuraciones y argumentos” (Fil. 2:14)). Mientras usted murmura, Dios todavía opera en su ser. Incluso mientras usted discute, Dios continúa obrando en su ser instándole a detenerse, pero usted le responde: “¡En un minuto!”. Y pese a que su minuto pasó, aunque usted no deja de discutir, ni en ese momento ni después, Dios continúa operando en usted. Su trabajo no cesa nunca. Este es nuestro Dios.

DIOS NOS PERFECCIONA
“Ahora bien, el Dios de paz que resucitó de los muertos a nuestro Señor Jesús, el gran Pastor de las ovejas, en virtud de la sangre del pacto eterno, os perfeccione en toda obra buena para que hagáis Su voluntad, haciendo Él en nosotros lo que es agradable delante de Él por medio de Jesucristo; a Él sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén” (He. 13:20-21). Si nosotros hubiéramos escrito tal oración, probablemente habríamos dicho algo así: “¡Que el Dios de paz os perfeccione en toda obra buena a fin de que lo glorifiquéis a Él!”. ¿Por qué Pablo insertó esta cláusula modificativa tan larga, “que resucitó de los muertos a nuestro Señor Jesús, el gran Pastor de las ovejas, en virtud de la sangre del pacto eterno”?
El antiguo pacto fue promulgado por la sangre de los sacrificios. La sangre también abrió la puerta para que el nuevo pacto fuera decretado. El nuevo pacto tiene como fin inscribir en nuestro ser la naturaleza de Dios como la ley de vida, así como darnos un nuevo espíritu e incluso introducirnos en Dios el Espíritu. ¿De quién es la sangre del pacto eterno? Es de Cristo. La sangre de Cristo nos introdujo en Su resurrección, y es en virtud de dicha resurrección que Dios ha entrado en nuestro ser.

¿Cómo nos perfecciona Dios? Dios no nos perfecciona al estar fuera de nosotros en los cielos sino al entrar en nuestro ser. Él puede entrar en nosotros por medio de la resurrección de Cristo. Y la resurrección está aquí mediante el derramamiento de Su sangre. Este Dios, que nos ha sido impartido mediante la resurrección, nos perfecciona “por medio de Jesucristo” y no nos inspira desde los cielos, sino que hace “lo que es agradable delante de Él por medio de Jesucristo”. Nuestro Dios ha entrado en nuestro ser por medio de Cristo en Su resurrección. Ahora en resurrección, Él todavía sigue “haciendo” en nosotros, lo que es agradable por medio de Cristo.

NO ESTABA EN EL ANTIGUO TESTAMENTO

En el Antiguo Testamento no se hace mención de que Dios fuese el contenido de Su pueblo escogido. La orden más sublime la recibió Abraham cuando Dios le dijo: “Yo soy el Dios Todopoderoso. Anda delante de mí y sé perfecto” (Gn. 17:1). Todo cuanto Abraham pudo hacer fue andar delante de Dios y estar en Su presencia. Incluso Dios visitó a Abraham en Génesis 18 y permaneció con él parte del día, y comieron juntos lo que Abraham preparó. Sin embargo, ¿se han dado cuenta de que Dios no moraba en Abraham? Dios ni siquiera moró en su tienda. A lo más, lo que Abraham disfrutó fue la visita temporal de Dios, ya que después, Dios partió. “Caminó, pues, Enoc con Dios” (Gn. 5:24); pero Dios no hizo Su hogar en él.

Sin embargo, cuando leemos el Nuevo Testamento, no encontramos expresiones como andemos con Dios, sino más bien, andamos [...] conforme al espíritu (Ro. 8.4). El espíritu en Romanos 8 se refiere a una persona mezclada: Dios que se ha mezclado con nosotros. Dios como Espíritu se ha mezclado con nuestro espíritu, y debemos andar conforme a este espíritu. Romanos 8 nos dice claramente que andar conforme al espíritu significa andar en Dios, en el Dios Triuno. ¿Cómo es posible esto? Es posible porque el Dios Triuno mora en nosotros.

Juan 14:23 dice: “El que me ama, Mi palabra guardará; y Mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él”. Cuando el Padre y el Hijo vienen a nosotros, ellos no vienen a visitarnos, sino que vienen a morar. Una vez que Él entra, nunca más se va; se queda con nosotros para siempre. En este mismo capítulo el Señor dice que el Espíritu de realidad “permanece con vosotros, y estará en vosotros” (v. 17); Él estará “con vosotros para siempre” (v. 16).

Aquí hay algo extraordinario. ¿Cómo una Persona divina como Dios, quien es santo, justo y glorioso, puede entrar en un ser humano pecaminoso, el cual no sólo ha caído en pecado, sino que también ha sido corrompido y dañado? ¿Cómo es posible que Él entre en nuestro ser y haga de nosotros Su hogar? Esto no era posible en el Antiguo Testamento, ya que aún no se había llevado a cabo el procedimiento para que esto fuera posible.
EL CAMINO SE HACE POSIBLE
El Nuevo Testamento comienza con el nacimiento de Dios en la humanidad, pues lo primero que se registra es la encarnación de Dios. ¡Es inconcebible que Dios vino y nació como hombre! Pero esto es lo que sucedió. Basados en Isaías 9:6, sabemos que el niño que nació en un pesebre en Belén era el “Dios fuerte”. ¡Qué asombroso es esto!

Dios creció en la casa de un pobre carpintero, y allí pasó Su infancia. En Lucas 2:41-52 se nos relata un pasaje acerca de Él, cuando tenía doce años. Después de vivir en aquella humilde casa por treinta años, comenzó a ministrar. Él se sembró a Sí mismo en Sus seguidores, y después de tres años y medio, Él fue a la cruz.

Dios fue crucificado con el propósito de efectuar la redención por nosotros. Él murió por nosotros como nuestro Substituto, y derramó Su sangre a fin de redimirnos. Mediante Su muerte Él hirió la cabeza de la serpiente, es decir, aplastó al diablo. Su muerte liberó la vida divina que se hallaba en Él, y después de cumplir tal obra, fue sepultado y entró al Hades. Tres días después, Él salió de la muerte y entró en resurrección.

En resurrección Él tomó otra forma; Él ya no está en la carne. Pese a que aún tiene un cuerpo físico, Su cuerpo es un cuerpo en resurrección. Ahora en resurrección Él fue hecho Espíritu vivificante (1 Co. 15:45). Sin duda alguna, éste es el Espíritu de Dios. Pero antes de pasar por la encarnación, la crucifixión y la resurrección, el Espíritu de Dios no tenía ninguna manera de poder impartir la vida divina al hombre. Ahora Dios puede y está listo para impartir la vida divina a Su pueblo escogido; por tanto, Él ciertamente es el Espíritu vivificante.

A pesar de que estamos familiarizamos con esta historia, ésta no es muy sencilla. Dios se encarnó; Él nació como un bebé, creció como niño y vivió como un hombre experimentando toda clase de sufrimientos y pruebas. En la cruz, Él resolvió nuestro problema con el pecado, con Satanás y con la muerte. De Su cuerpo crucificado salió un fluir de vida divina. Luego, en resurrección, Él fue hecho Espíritu vivificante. Juan 7:39 dice: “Pues aún no había el Espíritu, porque Jesús no había sido aún glorificado”. En ese entonces, la crucifixión y la resurrección no habían sido aún llevados a cabo; sin embargo, una vez realizados, el Espíritu de Dios pudo impartir la vida divina.

¿Quién es el Espíritu vivificante? Cristo. Dios mismo. La enseñanza tradicional sobre la Trinidad no puede responder a todos estos puntos. Cristo no puede separarse de Dios, ni tampoco del Espíritu. Tenemos tanto al Padre, al Hijo como al Espíritu. El Padre está corporificado en el Hijo, y el Hijo fue hecho Espíritu vivificante. El camino ha sido preparado, y el procedimiento ha sido llevado a cabo por completo. Ahora Él está listo, y todo lo que nos queda por hacer es abrir nuestro ser a Él y recibirle. Inmediatamente Él entra en nosotros.

De esta manera, tenemos dentro de nosotros a Dios el Creador, quien es ahora el Dios Triuno que se imparte en nuestro ser como nuestro contenido. Somos vasos que contenemos al Dios procesado, y éste es el misterio de Cristo. Todos los misterios divinos están envueltos con Cristo.

Pese a la ineficacia del lenguaje humano para describir las cosas que hemos visto, tengo la certeza de que si ustedes verdaderamente anhelan en su corazón ver tales cosas lo dicho bastará para ayudarles. No se dejen limitar por las enseñanzas superficiales; más bien, deben avanzar para ver estas verdades profundas en cuanto al deseo que está en el corazón de Dios. ¿Quién es este Dios que mora en nosotros? Él es el Padre. Él es el Hijo y Él es también el Espíritu. Los intentos por sistematizar estas verdades realizados por los teólogos han sido un fracaso. Los eruditos respetables reconocen, conforme a sus experiencias cristianas, que Cristo es idéntico al Espíritu. Ciertamente los dos son uno, pero ¡ellos también son dos! Debido a que esto es un misterio, no podemos explicarlo cabalmente. No obstante, esto corresponde a nuestra experiencia.

QUIÉN ES CRISTO
El misterio de Dios
En Colosenses 2:2 Cristo se denomina el misterio de Dios. Tal expresión denota algo incomprensible e inexplicable. Dios es un misterio, pues Él es indefinible. Puesto que el misterio de Dios es Cristo, si queremos adquirir el pleno conocimiento de Dios, primero debemos conocer a Cristo. Si deseamos recibir a Dios, debemos recibir a Cristo.
La corporificación de Dios
Colosenses 2:9 dice: “Porque en Él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad”. Cristo es la corporificación de Dios.
Dios
Romanos 9:5 dice que Cristo es “Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos. Amén”. Este Cristo, quien es el misterio de Dios y la corporificación de Dios, es Dios. Él es Dios mismo, y esto es lo que Pablo afirma claramente en este versículo. ¿Puede Cristo separarse de Dios? Ciertamente que no; de la misma manera que usted tampoco puede separarse de usted mismo. Es posible que los teólogos digan que Cristo es Dios el Hijo, mas no es Dios el Padre ni Dios el Espíritu; quizás ellos tengan este concepto, mas esto no es lo que dice la Biblia. La Biblia declara que Él es Dios sobre todas las cosas, y no dice que Él sea únicamente Dios el Hijo, decir esto no es nada más que dar una interpretación

En Éxodo 3:2 y 6 el Ángel que fue enviado por Jehová no sólo era el Dios de Abraham, sino que también era el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. Él no solamente era Dios el Hijo (el Dios de Isaac), sino que también era Dios el Padre (el Dios de Abraham) y Dios el Espíritu (el Dios de Jacob). Él es el Dios Triuno y no se le puede separar en Dios el Padre, Dios el Hijo y Dios el Espíritu. Quizás ustedes tengan tal concepto, mas eso no es bíblico.

Tenemos que conocer a este Cristo; Él es Dios, el propio Dios Triuno.

El Espíritu vivificante
Este Cristo dio un primer paso en el cual se hizo carne (Jn. 1:14). En la carne Él era el Cordero de Dios que murió por nuestros pecados con el propósito de efectuar la redención. Luego, en resurrección Él dio un segundo paso: como postrer Adán, Él fue hecho Espíritu vivificante (1 Co. 15:45). Pablo nos dice que Cristo es Dios mismo, el propio Dios Triuno, y después, nos dice también que Cristo fue hecho Espíritu vivificante. Nótese la expresión verbal se hizo. Cristo tomó la iniciativa de pasar de una etapa a otra. Primero Él estaba en la etapa de la carne; sin embargo, después de la resurrección, Él entró en la etapa del Espíritu. Él se hizo un Espíritu para impartirnos vida.

Hay aquellos que afirman que yo he destruido las tres Personas divinas de la santa Trinidad. La verdad es que los opositores han descuidado, o mejor dicho, han optado por ignorar lo que la Biblia enseña claramente con respecto a la Trinidad. Mientras que en privado admiten que Cristo, según Isaías 9:6, es llamado el Padre; sin embargo, en público no se atreven a admitirlo porque va en contra de la tradición.

El Espíritu
“Y el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad. Mas, nosotros todos, a cara descubierta mirando y reflejando como un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Señor Espíritu” (2 Co. 3:17-18). La frase el Señor Espíritu no puede ser más clara, y aun así, los oponentes arguyen que aquí el título Señor se refiere a Jehová y no a Cristo. Ahora, ¿quién es Jehová? En el Antiguo Testamento Jehová es Cristo, mas en el Nuevo Testamento Jehová es Jesús. En el versículo 18 ¿quién es el Señor cuya gloria nosotros miramos y reflejamos? Ciertamente no puede ser otro sino el Cristo glorioso, en cuya imagen somos transformados “como por el Señor Espíritu”. Aquí tenemos un nombre compuesto: Señor Espíritu.

El Espíritu y el Señor no pueden ser separados. En el versículo 17 se nos dice que el Señor es el Espíritu y luego, tenemos la expresión el Espíritu del Señor. La primera parte de este versículo nos da a entender que el Señor y el Espíritu son uno, mas la segunda parte dice que ellos son dos. Esto es lo que nosotros entendemos conforme a nuestro lenguaje. La corriente eléctrica es la electricidad misma, y sin ésta no existiría la corriente eléctrica. De igual manera, el Espíritu del Señor es sencillamente el Señor mismo.

EL DIOS TRIUNO

 Romanos
Los versículos del 9 al 11 de Romanos 8 describen claramente al Dios Triuno: “Mas vosotros no estáis en la carne, sino en el espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Él. Pero si Cristo está en vosotros, aunque el cuerpo está muerto a causa del pecado, el espíritu es vida a causa de la justicia. Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo vivificará también vuestros cuerpos mortales por Su Espíritu que mora en vosotros”.

Aquí tenemos un misterio. Primero está el Espíritu de Dios, luego el Espíritu de Cristo y después Cristo. El Espíritu de Dios es el Espíritu de Cristo, y el Espíritu de Cristo es simplemente Cristo. Dios, el Espíritu y Cristo, los tres de la Deidad son mencionados aquí. No obstante, no son tres sino uno solo el que mora en nosotros. Si tenemos al Espíritu, tenemos también a Dios y a Cristo. Si tenemos a Cristo, tenemos tanto al Espíritu como a Dios.

Este Dios que poseemos no es el Dios de Génesis 1 sino el de Romanos 8, el cual pasó por la encarnación y la crucifixión y entró en resurrección. Con este Dios, tenemos a Cristo y al Espíritu. Los tres son uno y son inseparables.
Efesios
Efesios 3:14-19 es otro pasaje que hace referencia al Dios Triuno: “Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra, para que os dé, conforme a las riquezas de Su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por Su Espíritu; para que Cristo haga Su hogar en vuestros corazones por medio de la fe, a fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la altura y la profundidad, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos hasta la medida de toda la plenitud de Dios”. Dios el Padre oye esta oración, Dios el Espíritu ejecuta tal oración, y Dios el Hijo completa lo que se ha pedido, es decir, que Cristo haga Su hogar en nosotros para que seamos llenos hasta la medida de toda la plenitud de Dios. Primero está el Padre, después el Espíritu, y luego, Cristo el Hijo, y finalmente, toda la plenitud de Dios. Aquí una Persona divina se forja en nuestro ser; y seremos impregnados de Él, seremos llenos de Él hasta rebosar. De esta manera, llegaremos a ser la plenitud de Dios que expresa Sus riquezas. Éste es el misterio de Cristo.

2 Corintios
“La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros” (2 Co. 13:14). Aquí tenemos el amor de Dios el Padre, la gracia de Dios el Hijo y la comunión de Dios el Espíritu. Quiera que todos ellos sean con ustedes. Existe tal fluir que es para nosotros y también fluye en nosotros.

AFERRÁNDONOS A LA VISIÓN CENTRAL
La visión central presentada por el ministerio completador del apóstol Pablo es: Dios está en nosotros como nuestro contenido, Cristo es el misterio de Dios, y la iglesia es el misterio de Cristo. Debemos despojarnos de nuestros conceptos naturales ya sean de carácter religioso, ético, devocional, espiritual, santo o de piedad. Incluso el concepto de tener una buena reunión o un servicio eficaz en la iglesia no deben ser nuestra meta. Las reuniones y el servicio deben proceder de la fuente; y el resultado es la vida de iglesia.




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